23 de noviembre de 2009

Hasta hoy

Las gotas se deslizan por mis pies, cada vez más mojados. La poca ropa que cubre mi piel está empapada. Camino rápido para llegar a casa, pero algo me hace detener súbitamente. Doy media vuelta y ahí lo veo. Corro hacia él, corro con afán, corro con ansiedad, corro con desespero. No logro alcanzarlo, cada vez está más lejos. La lluvia cae intrépida y mis resbaladizos zapatos entorpecen mi paso. Grito, corro, lloro, él se aleja. Cada vez más distante, como la idea de volverlo a ver. La lluvia parece empeorar con mi angustia. Sigo corriendo buscando alcanzarlo, como quien va detrás de un amor platónico, pero él no me escucha, o tal vez me ignora. Me despojo de mis zapatos, tiro mi bolso, grito su nombre, pero no hay nada que me haga estar cerca de él. Caigo. Lloro.  
    ―Regresa, por favor ―susurro.
En medio de la calle y bajo la lluvia, me desarmo. La idea de su regreso me impulsa cada día: Suspiro con el recuerdo de sus besos, sonrío evocando su mirada, duermo escuchando su risa, sueño que toco sus manos. Pero ya no más.
Hoy fue la última vez.  No volveré a pensar en ti, no veré más una foto tuya, no escucharé otra vez esa canción que te recuerda, no estarás en mí como antes; eventualmente perderé el efecto de ti, y será para siempre. Así como lo pediste, tal vez es tiempo de dejarte ir.
Cuídate. 



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