La mesa tiene seis puestos, pero él sólo sirve dos. Tal vez sus hijos no viven más ahí, o tal vez nunca llegan a tiempo para la cena. Primero trae dos copas de agua, supongo que desde una alacena. Las coloca en el puesto de la esquina y el de su lado izquierdo. Trae una botella de agua y sirve una de las copas. Pone los individuales en ambos puestos y va a la cocina. Regresa con otra botella de agua que parece estar fría y sirve otra de las copas. Él sabe cómo le gusta a ella tomar el agua. Coloca una panera en el centro de la mesa y abre la bolsa para que el pan tajado quede al alcance. Trae dos controles remotos y los acomoda junto a su puesto, alineados para que no se vean desordenados. De ella no hay señal todavía.
Saca dos platos color verde, dos juegos de cubierto (tenedor y cuchillo), rasga servilletas de cocina y las pisa con los platos que acaba de ubicar en la mesa. Cuando termina de acomodar las cosas, se detiene unos instantes a observar si está todo listo: platos, vasos, cubiertos, servilletas, controles, pan y agua. Parece que sí. Abandona la habitación por unos instantes.
El gato asoma su cabeza por la ventana. A lo mejor se dio cuenta que yo estaba espiando. Mira fijamente hacia la mía hasta que me encuentra. Muevo mi mano saludándolo y trato de separarla de mi cara, para ver qué es lo que mira, pero sus ojos no se mueven en el sentido de mi mano, sigue mirando directo a mis ojos. ¡Ay gato, no me asustes!
El gato se fue, no sé a dónde. Anna, mi amiga, me habla de este lado. Me distraigo unos minutos con ella. Saludo a su novio que acaba de llegar y llevo mis platos a la cocina. Regreso a ver en qué están mis vecinos, pero ya se habían levantado. Sólo quedaban los platos sucios sobre la mesa.
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